Llamanos hoy:

Hace algunos años escribí algo que titulé “A volar”.
En aquel tiempo era líder de jóvenes y escribía pensando en ellos, en ese momento en que llega la hora de salir de casa, estudiar, independizarse y comenzar a tomar sus propias decisiones. Recuerdo que les hablaba de lo difícil que podía ser dejar la comodidad del hogar, la comida de mamá, la ropa limpia, saber que siempre había alguien esperando.
Hoy vuelvo a leer esas palabras y me causan algo diferente.
Porque ahora estoy del otro lado.
Ahora soy la mamá.
Tengo hijos de 22, 19 y 17 años y, mientras escribo estas palabras, pienso: ¿en qué momento pasó todo tan rápido?
Hubo días en los que parecía que esta etapa nunca iba a llegar. Días de llevarlos y traerlos, preparar comida, revisar que llevaran todo, esperar que llegaran a casa, corregirlos, preocuparme, repetirles las mismas cosas una y otra vez.
Y de pronto los miras y ya no son aquellos niños que dependían de ti para todo.
Tienen pensamientos propios, planes, sueños, decisiones que tomar y caminos que comenzar a recorrer.
Y entonces entiendes que ser mamá no termina, pero cambia.
Cuando eran pequeños, gran parte de mi amor consistía en hacer cosas por ellos. Ahora estoy aprendiendo que amarlos también significa acompañarlos sin querer controlar cada paso.
Antes podía tomar muchas decisiones por ellos. Ahora puedo aconsejar, orar, estar presente, pero hay decisiones que les pertenecen.
Y no siempre es fácil.
Porque el corazón de mamá quisiera evitarles ciertos errores, ahorrarles algunas lágrimas y decirles: “Hazme caso, yo ya sé cómo termina eso.”
Pero también recuerdo que Dios ha hecho conmigo algo parecido.
Él me ha enseñado, me ha corregido, me ha mostrado el camino y aun así me ha permitido caminar, decidir, equivocarme, aprender y volver a Él.
Quizá nuestros hijos también necesitan espacio para vivir su propio proceso con Dios.
Últimamente he pensado que una de las partes más difíciles de ser mamá es descubrir que aquello para lo que los preparaste durante tantos años —volar— también es aquello para lo que tienes que preparar tu propio corazón.
La Biblia dice:
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” — Proverbios 22:6
Sembramos. Enseñamos. Corregimos. Amamos. Oramos.
Pero llega un momento en que también tenemos que confiar.
Confiar en lo que sembramos.
Confiar en que nuestros hijos recordarán más de lo que pensamos.
Y, sobre todo, confiar en que Dios puede cuidarlos y guiarlos aun en aquellos lugares donde nosotros ya no podemos acompañarlos.
Hoy entiendo “A volar” de una manera completamente diferente.
Hace años escribía para los hijos que estaban preparándose para salir del nido.
Hoy escribo desde el corazón de una mamá que está aprendiendo a abrir las manos.
Y sí, a veces cuesta.
Pero quizá criar nunca se trató de mantenerlos para siempre debajo de nuestras alas.
Tal vez se trataba de amarlos, formarlos, enseñarles dónde está su verdadero refugio y cuando llegara el momento, tener la valentía de decir:
Vuela.
Yo seguiré aquí.
Y Dios irá contigo.
Claudia
