Llamanos hoy:

Hay algo que constantemente vuelve a mi corazón…
y es el tipo de legado que estoy dejando en la vida de mis hijos Jose, Danna y Justin.
Porque al final, más allá de lo material, lo que realmente permanecerá será la influencia.
Y como mamá, he entendido que mi influencia es profunda, constante y muchas veces silenciosa, pero nunca de los nunca pasa desapercibida.
Lo que soy, cómo vivo, cómo respondo, todo va formando algo en ellos.
Y ese “algo” se convierte en legado.
Un legado no es solo lo que dejemos cuando ya no estemos, es lo que estamos sembrando todos los días. Es aquello que, aún después del tiempo, sigue hablando en la vida de nuestros hijos.
Y eso me lleva a una pregunta que no puedo ignorar: ¿Estoy dejando un legado de fe en la vida de mis hijos?
He entendido que no hay enseñanza más fuerte que el ejemplo. Podemos decir muchas cosas, pero si no las vivimos, el fundamento se rompe. Nuestros hijos no solo escuchan lo que creemos,
ellos ven cómo vivimos lo que decimos creer. Solo quiero decirte una verdad desde mi corazón; vivir la fe no es perfección, no es aparentar que no te equivocas, se trata de hacer a Dios el centro de tu vida.
Es conocerlo, depender de Él, darle todo lo que somos y aprender a caminar con Él, incluso en medio de las pruebas y de los momentos difíciles.
Porque una fe real no se demuestra solo cuando todo está bien, sino cuando decidimos confiar aún cuando no entendemos el proceso.
Y entonces la pregunta cambia: ¿Qué están viendo mis hijos en casa?
“Traigo a la memoria la fe no fingida que hay en ti…” (2 Timoteo 1:5)
Este verso me encanta porque me deja ver algo muy hermoso: la fe de la abuela y la mamá de Timoteo no fue perfecta, pero sí fue una fe real. No fue una fe solo de palabras, sino una fe vivida en lo cotidiano.
Ellas no solo le enseñaron a creer en Dios, le mostraron cómo vivir con Él en medio de la vida diaria, en decisiones, en pruebas, en su forma de hablar y actuar, todo eso fueron formando en Timoteo un fundamento firme. Y eso hizo la diferencia en el. Porque cuando una fe es genuina, se transmite,
no como una obligación, sino como una convicción.
Timoteo no fue diferente solo por lo que aprendió, sino por lo que vio.
Vio una fe constante, sincera, y eso formó en él una identidad que lo llevó a impactar su entorno.
Y eso me recuerda algo…mis hijos, tus hijos no necesitan mamás perfectas,
necesitan mamás con una fe real. Una fe no solo se vive, también se enseña y no desde la presión,
sino desde lo cotidiano. En conversaciones simples, en momentos del día a día, en lo que hablamos mientras vivimos.
Enseñarles la Palabra no es solo abrir la Biblia,
es ayudarles a entender cómo esa verdad se ve en la vida real, modelar un estilo de vida.
Es invertir en ellos, sembrar en su corazón y acompañarlos en su proceso.
Hay algo que he entendido profundamente…
orar por nuestros hijos es uno de los actos más genuinos de amor.
Porque hay cosas que como madres no podemos controlar, pero sí podemos llevarlas delante de Dios y esa oración alcanza lo que nuestras manos no pueden, oremos por su corazón,
por su mente, por sus relaciones, por su fe, por su carácter. Y después confiemos en que Dios está obrando, incluso en lo que no vemos.
Cada día estamos dejando algo en nuestros hijos…la pregunta es: ¿Qué tipo de legado será?
Recuerda: No se trata aparentar uno perfecto, pero sí uno real, uno donde ellos puedan ver a Dios,
no solo en lo que les dijimos, sino en lo que vivimos.
Claudia Escobar – Núcleo Podcast
